domingo, 8 de abril de 2012

El destierro de las palabras malditas

Nos comunicamos por palabras. Es casi inevitable, por muy importante que sea la comunicación no verbal, el lenguaje corporal o el poder de la mirada... en muchas ocasiones dicen más que las palabras, pero eso no hace que éstas puedan dejar de ser utilizadas. Las palabras designan quienes somos, qué mundo vivimos y cómo lo vivimos, no quiero decir que aquellos que dominen un lenguaje más amplio sean más inteligentes ni que conozcan más mundo, pero si necesitan más palabras que otros para hilar su día a día, entonces quizá sí tengan más cosas que contar. No importa realmente el idioma, como tampoco es relevante que las palabras sean existentes o estén utilizadas del modo que exige la real academia de cualquier lengua, cualquier sonido expresivo sirve como palabra en alguna situación. Cada persona tiene un lenguaje propio, tomando decisiones al narrar: eligiendo entre sinónimos; hablando con pausas o como una catarata; hablando demasiado o quedándose corto; en tono irónico, agresivo o dulce; utilizando palabras aprendidas en la familia, el colegio, el trabajo o en la calle, recibidas por la televisión o la radio, escuchadas de amigos o parejas; recurriendo a muletillas o cantando a mitad de frase... cuando hablamos estamos diciendo quién somos, cómo nos sentimos y de dónde venimos si quien escucha sabe escuchar. A veces pienso que alguien que maneje bien los verbos podrá ser feliz, aquel que distinga bien las diferencias entre querer, desear, amar, necesitar, odiar y sentir podrá afrontar la vida con otros ojos, aunque las palabras sólo sean palabras, aunque sean los nombres de los pensamientos, las personas, las cosas y los sentimientos, aunque no puedan cambiar aquello que las hace ser nombradas y dichas, elegidas entre todas las posibles por una persona al contar algo a otra o a si misma.
Las palabras son importantes y hay que cuidarlas cuanto sea posible. Por este mismo motivo, hay una serie de palabras que trato de alejar de mi boca y de mis manos al escribir, del mismo modo que me empeño en incluir otras en mi vocabulario. Son palabras que no quiero que formen parte de mi mundo ni que me definan, palabras que empequeñecen mi mente, retrasando mi crecimiento y mi evolución. Probablemente no sea culpa suya, sino mía, supongo que soy yo quien no es capaz, hoy por hoy, de utilizarlas correctamente y de manera positiva. Son palabras que resuenan en mi cabeza y me impiden oír el resto de la frase, bloqueando su significado. No quiero decir que las quiera prohibir en mi cabeza, ni mucho menos, si existen es porque tienen una utilidad en alguna situación, pero me propongo alejarlas de mí, dejarlas únicamente para un uso restringido.
Todo, nada, siempre, nunca, bueno, perfecto, malo, mejor, peor, raro, extraño.
Estas palabras empequeñecen mi mundo. Los extremos hacen que sienta que se olvidan las infinitas variantes existentes entre ellos. Por supuesto que son utilizables si se puede hacer de manera objetiva o estadística, en algunas situaciones puntuales, pero considero que se dicen en exceso. No siento la necesidad de enmarcarlo todo, de organizar mi vida en listas de valor entre buenos y malos, mejores y peores, no siento admiración por lo perfecto ni rechazo por lo imperfecto. Considero que se pierden el tiempo y la razón cuando se argumenta utilizando estas luchas entre unos y otros por alcanzar la plenitud absoluta del todo y el siempre, apartando el nada y el nunca de nuestro camino. Me resulta triste e irreal, aunque yo mismo me encuentro, en multitud de ocasiones, como hijo de mi cultura que soy, abusando de estas palabras, organizando mi mente entre los mejores y los peores, sin valorar cada cosa por lo que es y lo que ha pasado hasta llegar a serlo.
El caso de raro me ha venido a la cabeza hace poco, acompañado de su hermana extraño, y seguido no muy de lejos de su prima curioso, que a veces la sustituye en sus funciones. Estas palabras pueden tener un significado lógico, por supuesto que sí, pero a menudo son utilizadas para describir aquello que no entendemos, aquello que es diferente a nosotros y por tanto rechazamos, sin intención alguna de comprender, o sin medios para incluirlo en nuestro mundo de conocimiento. Qué bonito sería lograr que aquello que no rodea dejase de ser raro, que estuviésemos abiertos a entender, a escuchar y a ver, a descubrir vidas, sentimientos y emociones nuevas, sin miedo a mirar, dejándonos sorprender por otros mundos ajenos. No hace falta viajar para conocer algo nuevo, tan sólo hay que sentir y estar alerta, deseoso de aprender, de quitarse la máscara de la comodidad en la que vivimos, dejar de lado por un instante nuestro mundo, nuestro día a día, para entrar a investigar aquello que consideramos raro o extraño, incluso curioso... nuestro mundo seguirá ahí cuando volvamos, quizá más rico y fuerte que antes de dejarlo por un momento.
Sé que no lo conseguiré del todo, que seguiré tapando mis ojos ante aquello que no entiendo, pero quiero y deseo luchar cada día de mi vida por quitarme mis vendas, culturales, personales y adquiridas, todas ellas. Sí, todas, todas, todas, me contradigo, pero ¿qué puedo hacer? No quiero ninguna de esas vendas, quizá los ideales morales sí puedan acercarse a los extremos en ocasiones puntuales... o quizá me engaño a mi mismo y acabo de decir una barbaridad que invalida lo expresado anteriormente.
Éstas son mis palabras desterradas, las que intento sacar de mi mundo, pero soy consciente de que cada uno de nostros tendrá otras palabras desterradas. Ni siquiera tienen por qué ser palabras, pueden ser bloques de palabras, frases o temas de conversación. Habrá quien tema el compromiso, la muerte, el dolor, la tristeza, habrá quien desee obviar todo aquello relacionado con el sexo, o quien sufra con las verdades o con las mentiras, habrá quien necesite alejar el miedo.
No creo que se pueda solucionar gran cosa por medio de lo que decimos o escribimos, soy consciente de que no voy a cambiar el sentimiento que ha generado la enunciación, pero si me escucho sabré lo que digo y de qué pie cojeo, por dónde puedo aprender y mejorar, igual que puedo aprender de otros cuando les leo o les oigo hablar. En este punto entraríamos en otro interesante debate, sobre la fuerza del receptor, sobre la importancia relativa de lo que decimos, cuando aquel que nos escucha sólo puede oír aquello que está preparado para entender, pero esa quizá sea otra historia.