domingo, 21 de julio de 2013

¿Adónde van?


Hay quien dice que nuestros actos nos definen... y como mucho, nuestras palabras. ¿Qué pasa con todo aquello que no decimos ni hacemos? Las palabras dichas y no escuchadas, las ideas y los pensamientos nunca expresados, las fotografías eliminadas, los recuerdos olvidados, todo aquello que se pierde y no se comparte con nadie más, ¿queda escondido en algún lugar de la memoria? ¿O pasa para siempre, como si nunca hubiese existido?

¿Adónde van las fotografías eliminadas? ¿Hay un cielo para ellas? ¿Un infierno? Me temo que viven en un eterno purgatorio del que no pueden salir. Esas fotos se hicieron y se observaron, pero desaparecieron de este mundo por sus supuestos errores. La fealdad, o la vanidad que la acompaña, el exceso de información, las actitudes consideradas poco apropiadas, los fallos en el encuadre o la luz, el dedo del fotógrafo que inconscientemente tapa media imagen... todo ello ocasionado por el orgullo o la presunción de ser mirado por otros, por el juicio propio previo al juicio ajeno. Borramos y eliminamos, callamos, esperamos el turno de palabra y olvidamos, dejamos pasar aquello que no consideramos necesario decir, o aquello que no consideramos atractivo para el oído del otro. Casi siempre borramos y omitimos por el otro, aunque nos desagrade a nosotros.

Muchas veces es lógico y comprensible, consiste en ahorrar a los demás unas sensaciones y un tiempo que no queremos que pierdan, o que utilicen en nosotros. Pero, por otro lado, están el orgullo y el ego, la imagen que queremos mostrar y no se debe corromper por una fotografía indecorosa, una teta que se ve más de la cuenta, una pierna que llega demasiado arriba, un pantalón que llega demasiado abajo, un escorzo innecesario que resulta soez o feo… la fealdad. No queremos que se nos vea el moco colgando, el pelo mal peinado, un ojo más cerrado que otro o los efectos del alcohol. No soportamos nuestra propia fealdad, cuando pueden verla los demás.

Quizá borramos aquello de lo que nos avergonzamos, aunque no se pueda descubrir por la imagen. Tal vez sea una situación que deseamos que no se pase por la memoria de los demás, un momento en que se dijo o se hizo algo que nos hace sentir culpables. Pero, en ese caso, es aún más improbable que la fotografía borrada acabe con el recuerdo. Los demás podrán olvidar aquello que nos incomoda, o no darse cuenta de ello, pero nosotros ya estaremos a su merced, porque les permitimos adentrarse en nuestros errores y jamás podremos estar seguros de si lo hicieron o no. Ellos sabrán que nos hemos equivocado y que podemos volver a hacerlo.

Y lo mismo que ocurre con las fotografías, pasa con las palabras. A veces callamos para no resultar aburridos o repetitivos o para no llamar la atención de manera excesiva sobre nosotros. Quizá no interesamos tanto a los demás. Debemos hacer una selección sobre aquello que compartimos, lo que queremos que vean de nosotros, o aún mejor, lo que nosotros sabemos o tenemos que pueda aportar algo a nuestro interlocutor. Pero si siempre hablásemos cuando nuestras palabras tuviesen un valor práctico para aquellas personas a quienes les otorgamos ese saber ya no sólo nuestro, viviríamos en una incómoda esclavitud. Necesitamos la libertad de sentirnos cómodos y soltar aquello que primero nos venga por la cabeza, y luego decidir a posteriori si era apropiado. Esa es la belleza de la confianza.

Sin embargo, hay momentos en los que las palabras vuelan en el aire sin ser escuchadas. A unos nos pasa más que a otros. Hay gente que nació para ser escuchada, personas a quienes dan ganas de oír hablar según abren la boca, por lo bien que hablan, o por aquello que nos evocan sus palabras. Pero otros tenemos que saber que hablaremos sin que haya comunicación, perdiendo nuestras palabras en el ruido, o al ser interrumpidas por las de otros con mayor poder de atracción. Quizá el problema radique en la autoestima o en la confianza con la que se pronuncian las palabras. Si se dice algo sin énfasis ni ilusión, es difícil que se escuche con grandes emociones, y sin emoción no suele haber comunicación.

Muchas otras veces esperaremos a ser interpelados, o a un silencio oportuno, para intervenir, pero ese momento nunca llega y nuestras palabras mueren en nuestro pensamiento, se ahogan en otros temas de conversación y pierden vigencia. Es una información que creemos útil para los demás, pero que se perderá para siempre, que ellos nunca sabrán, pero nosotros sí.

¿Adónde van estas palabras? ¿Adónde se las lleva el viento? ¿Adónde se las lleva el tiempo? Quizá caigan, lentamente, como plumas, como las hojas del otoño sobre nuestra conciencia, sobre nuestra memoria de lo que no hemos vivido.

Quizá guardemos rencor a quien no escuchó y debió hacerlo, quizá consideremos irrelevante para nosotros lo que sentimos que fue irrelevante para otros. Pero tal vez ellos sí quisieron oír lo que no dijimos. Tan sólo no les dimos opción a escuchar nuestras teorías y nuestros chistes malos, nuestras reflexiones… nos les enseñamos nuestras malas fotos, nuestras peores caras, nuestros mocos colgando, nuestros ojos entrecerrados ni los momentos de los que nos avergonzamos. ¿Acaso nos pueden juzgar sin todo eso? ¿Acaso nos conocen? Quizá si supieran esa faceta de nosotros, tendríamos menos miedo en mostrársela. Quizá si viéramos sus escotes excesivos, sus ojeras y sus fotos con dedo, sabríamos que cometen nuestros mismos errores y viven a través de ellos.

No se trata de destacar lo malo, ni mostrarlo a cualquiera por encima de todo… no, no se trata de eso. Tan sólo se trata de no discriminarlo ni tenerle miedo, dejarlo fluir. Una foto perfecta se le puede sacar a la persona más fea y con menos estilo, una foto imperfecta tan sólo a quien se atreve a enseñarla junto a las demás, a quien se muestra tal como se siente, no tal como desea ser visto.

Supongo que es una frase hecha de toda la vida, pero lo perfecto sólo existe de una forma, lo imperfecto puede surgir de muchas formas distintas y por muchos motivos. Dejémoslos salir y descubramos quiénes somos. Veamos nuestras fotos eliminadas y disfrutemos de sus errores, de sus taras, escuchemos lo que no dijimos y adentrémonos en las respuestas que nunca obtuvimos, recordemos con orgullo las meteduras de pata y nuestras terribles formas de salir de ellas, sudor en la frente, risa incómoda y mirada perdida y riamos fuerte por ello. Gocemos de nuestros fallos, de nuestros peores puntos de vista, porque nos hacen reales, tridimensionales y bellos. Tan sólo así podremos alcanzar la tranquilidad y el equilibrio, cuando aceptemos lo que sale mal, y lo que nunca ha salido.

Creo que es la mejor opción, porque, de todos modos, no podremos deshacernos de aquello que nos incomoda, aunque nadie lo haya visto ni oído, aunque tan sólo haya pasado por nuestra mente unos instantes. Forma parte de nuestra vida y afecta a nuestro comportamiento y a nuestra autoestima. Las ideas y los pensamientos no pueden ser borrados una vez han pasado por nuestras cabezas, salvo enfermedad, sino que conducen a otras ideas, a otras formas de ver y entender.

Así que, si alguien, en un futuro, hace un balance de nuestra vida y se pregunta por qué hicimos tal cosa o dejamos de hacerla, encontrarán vacíos imposibles de explicar por nuestros actos y nuestras palabras, pero que podrían muy bien ser rellenados si conociesen todo aquello que borramos, eliminamos y callamos. Nuestros secretos más inconfesables, nuestros miedos, nuestros peores momentos y nuestra vergüenza forman parte de nosotros. Nos toca enfrentarnos a ellos cara a cara y afrontarlos de la mejor manera posible. Ánimo.

 

miércoles, 17 de julio de 2013

Mis queridos ciervos y la belleza


Últimamente no puedo parar de pensar en la belleza. No puedo parar de buscarla en diferentes lugares y momentos y cosas y personas… sin saber realmente en qué consiste. Ando detrás de esos momentos en los que me siento lleno de algo que no puedo explicar y que casi me hace colapsar o explotar, que me pone nervioso porque es más de lo que puedo asimilar. Supongo que a todos nos pasa algo parecido. A veces es una canción, una tormenta o una puesta de sol (los amaneceres ocurren demasiado temprano o demasiado tarde para mí), a veces es una mirada o una caricia, o tan sólo un gesto. A veces hasta se puede encontrar en una palabra, incluso si ésta es escrita y no hablada, pese a los matices que desaparecen, o quizá se transforman como la materia. Y mis queridos ciervos me hacen sentir todo eso. Mis queridos y malditos ciervos, a los que estoy enganchado.

Da igual cómo haya sido el día, o cómo me encuentre, o qué tenga en mente: los ciervos me hacen entrar en ese estado diferente de incomprensible felicidad. No importan el libro que esté leyendo, el cansancio que tenga acumulado o los problemas que me ronden la cabeza en ese momento. Cada vez que cojo el tren a última hora de la tarde, cuando el sol comienza a caer, no puedo evitar dejar de hacer y de pensar todo lo que esté haciendo y pensando, para centrarme en la observación de los ciervos que se encuentran junto a las vías, entre las estaciones de Pitis y Pinar de Las Rozas. ¿Qué tienen? ¿Cómo logran trasladarme a otro estado? Aunque quizá no sean ellos los que me transformen, sino que sea yo quien lo haga a través de ellos. Pero no tengo claros los motivos.

No quiero hablar de “Bambi”. Apenas la recuerdo y ni siquiera sé si me gustó cuando la vi. Esta vez no voy a hablar de cine. Ésta vez seré capaz de expresarme sin la ayuda del cine. O eso creo, aunque siempre me influya. Y muchas veces he encontrado en él esa belleza de la que hablo, pero ahora no es momento. Quiero hablar sólo de ciervos. Y de mí.

Tampoco me interesa buscar su belleza en su aspecto físico, por muy bello o imponente que sea. Eso ya lo harán otros. No creo que mi atracción por ellos esté ahí.

Sin embargo, puede que sea su tranquilidad lo que más me atrae, mezclada con su aire salvaje e independiente del hombre. Los ciervos no se someten a los humanos, pero no parecen peligrosos ni agresivos por ello, si bien generan cierto respeto. La ambigüedad que transmiten me impide parar de mirarlos, al no dejarme catalogarlos. O será el hecho de que tengan algo, no sabría expresar qué es, que hace que no necesiten la fiereza para mostrarse fuertes, o que no necesiten imponerse para ser admirados, al menos por mí.

O tal vez lo que me ilusione de verlos sea saber que aún los miro, que aún busco la belleza en ellos o en cualquier parte. Hay días en los que los cuento mientras los observo, con mi libro abierto sobre las piernas y el cuerpo girado hacia la ventana, como si tuviera que llevar la cuenta, como si acumular su visión me diera puntos para ser más yo, o mejor yo. Y apenas he visto uno, dudo sobre si debería seguirle la pista y mirarlo todo lo que pueda, o buscar el próximo. Y soy feliz haciéndolo. Y soy infeliz.

Apenas les puedo ver con detalle, siempre desde lejos y fugazmente. Me frustro porque tan sólo puedo disfrutar de ellos lo que me permite el tren, con su velocidad, la limpieza de sus cristales y la distancia entre las vías y el campo. Deseo verlos más a fondo, descubrirlos y sentirlos de otra forma: entender sus formas y su modo de vida; compartir su paz; reconocer sus motas y la forma de sus cuernos; acariciar su pelo; asimilar sus actitudes. Y no puedo y sé que no podré hacerlo sin perturbar su paz. Los ciervos me aceptan como uno más dentro del tren, pero mi presencia solitaria, junto a ellos en el campo, les asustaría. De todos modos… ¿disfrutaría yo de ello?

No me quiero engañar, si se parase el tren, o los pudiese ver durante mucho tiempo seguido, probablemente me cansaría de ellos como de tantas otras cosas. Les miraría durante unos minutos y su inoperancia terminaría por aburrirme. Quizá perdiesen parte de su interés y de su misterio. Esas criaturas del bosque pasarían a ser unos seres corrientes y yo sería tan corriente como ahora me siento misterioso al verlos. Porque quizá no somos tan diferentes. Probablemente yo también fuera interesante para ellos sólo por unos minutos.

No importa, porque el otro día aprendí que no hace falta que estén ahí para verlos. Me lo enseñó un niño. O quizá fueron varios niños, no lo sé, ni siquiera miré o busqué. Tan sólo escuché. Yo estaba en mi habitualmente solitario entretenimiento observando ciervos, cuando un niño comenzó a ver ciervos que no parecían estar ahí. Veía incluso más que yo, que ya estoy entrenado en su rastreo. Los veía en zonas donde nunca hay, y en cantidades mayores. Los veía y gritaba. Se emocionaba. Quizá saltaba sobre su asiento y se lanzaba contra el cristal, deseando traspasarlo y correr hasta esos ciervos. Imagino que él tampoco sabría qué hacer al llegar junto a ellos, pero le bastaba con esa emoción. Y no paraba de ver ciervos, más y más ciervos. Y todos le gustaban por igual, los reales y los imaginarios. Sentí envidia de ese chico. O quizá eran varios niños que se alimentaban en su ilusión entre ellos. No les vi, porque trataba de encontrar los ciervos que ellos alababan. Tan sólo pude encontrar los reales… o parte de los reales. Quizá ellos vieron más que yo, pese a todo. Me pregunté si ya no soy capaz de ver lo que no está ahí. O de disfrutar de ello. Me pregunté si alguna vez lo he hecho. Me volvió a la mente el hecho de que yo nunca vi gamusinos. Así que traté de aprender de ellos…  pero a mi manera. Yo no puedo imaginar ciervos a plena luz, pero cuando la tarde ya ha comenzado a caer y apenas se distinguen unos cuernos de unas ramas, los ciervos imaginarios son igual de bellos que los reales, aunque aún más fugaces, si cabe. Y me puedo dejar llevar sin importarme si de verdad estaban ahí o no.

Ojalá algún día consiga verlos siempre que cierre los ojos, aunque sea sólo por un segundo. Me acabo de dar cuenta de que eso mismo le pasa a Harry Potter, con el símbolo de su padre… cuando hace un conjuro poderoso. Pues vaya, no me agrada necesariamente tener cosas en común con Harry Potter. NI quiero que esto tenga relación con la magia de la ficción, si acaso con la real, con la que no existe, o no se puede probar.

Es posible que todo tenga relación con la ingenuidad y con la inocencia. Si la perdiese con ellos, quizá ya no fueran tan interesantes para mí. Quizá una vez escrito este texto ya no me interesen tanto. Quizá al compartir mi amor por ellos, los deje escapar. Al fin y al cabo, nunca fueron míos, ni de ningún ser humano.

Bueno, tal vez si les pierdo pueda encontrar otra cosa por la que emocionarme, aunque ya no sea un niño, ni haya sido capaz nunca de ver gamusinos.   

domingo, 8 de abril de 2012

El destierro de las palabras malditas

Nos comunicamos por palabras. Es casi inevitable, por muy importante que sea la comunicación no verbal, el lenguaje corporal o el poder de la mirada... en muchas ocasiones dicen más que las palabras, pero eso no hace que éstas puedan dejar de ser utilizadas. Las palabras designan quienes somos, qué mundo vivimos y cómo lo vivimos, no quiero decir que aquellos que dominen un lenguaje más amplio sean más inteligentes ni que conozcan más mundo, pero si necesitan más palabras que otros para hilar su día a día, entonces quizá sí tengan más cosas que contar. No importa realmente el idioma, como tampoco es relevante que las palabras sean existentes o estén utilizadas del modo que exige la real academia de cualquier lengua, cualquier sonido expresivo sirve como palabra en alguna situación. Cada persona tiene un lenguaje propio, tomando decisiones al narrar: eligiendo entre sinónimos; hablando con pausas o como una catarata; hablando demasiado o quedándose corto; en tono irónico, agresivo o dulce; utilizando palabras aprendidas en la familia, el colegio, el trabajo o en la calle, recibidas por la televisión o la radio, escuchadas de amigos o parejas; recurriendo a muletillas o cantando a mitad de frase... cuando hablamos estamos diciendo quién somos, cómo nos sentimos y de dónde venimos si quien escucha sabe escuchar. A veces pienso que alguien que maneje bien los verbos podrá ser feliz, aquel que distinga bien las diferencias entre querer, desear, amar, necesitar, odiar y sentir podrá afrontar la vida con otros ojos, aunque las palabras sólo sean palabras, aunque sean los nombres de los pensamientos, las personas, las cosas y los sentimientos, aunque no puedan cambiar aquello que las hace ser nombradas y dichas, elegidas entre todas las posibles por una persona al contar algo a otra o a si misma.
Las palabras son importantes y hay que cuidarlas cuanto sea posible. Por este mismo motivo, hay una serie de palabras que trato de alejar de mi boca y de mis manos al escribir, del mismo modo que me empeño en incluir otras en mi vocabulario. Son palabras que no quiero que formen parte de mi mundo ni que me definan, palabras que empequeñecen mi mente, retrasando mi crecimiento y mi evolución. Probablemente no sea culpa suya, sino mía, supongo que soy yo quien no es capaz, hoy por hoy, de utilizarlas correctamente y de manera positiva. Son palabras que resuenan en mi cabeza y me impiden oír el resto de la frase, bloqueando su significado. No quiero decir que las quiera prohibir en mi cabeza, ni mucho menos, si existen es porque tienen una utilidad en alguna situación, pero me propongo alejarlas de mí, dejarlas únicamente para un uso restringido.
Todo, nada, siempre, nunca, bueno, perfecto, malo, mejor, peor, raro, extraño.
Estas palabras empequeñecen mi mundo. Los extremos hacen que sienta que se olvidan las infinitas variantes existentes entre ellos. Por supuesto que son utilizables si se puede hacer de manera objetiva o estadística, en algunas situaciones puntuales, pero considero que se dicen en exceso. No siento la necesidad de enmarcarlo todo, de organizar mi vida en listas de valor entre buenos y malos, mejores y peores, no siento admiración por lo perfecto ni rechazo por lo imperfecto. Considero que se pierden el tiempo y la razón cuando se argumenta utilizando estas luchas entre unos y otros por alcanzar la plenitud absoluta del todo y el siempre, apartando el nada y el nunca de nuestro camino. Me resulta triste e irreal, aunque yo mismo me encuentro, en multitud de ocasiones, como hijo de mi cultura que soy, abusando de estas palabras, organizando mi mente entre los mejores y los peores, sin valorar cada cosa por lo que es y lo que ha pasado hasta llegar a serlo.
El caso de raro me ha venido a la cabeza hace poco, acompañado de su hermana extraño, y seguido no muy de lejos de su prima curioso, que a veces la sustituye en sus funciones. Estas palabras pueden tener un significado lógico, por supuesto que sí, pero a menudo son utilizadas para describir aquello que no entendemos, aquello que es diferente a nosotros y por tanto rechazamos, sin intención alguna de comprender, o sin medios para incluirlo en nuestro mundo de conocimiento. Qué bonito sería lograr que aquello que no rodea dejase de ser raro, que estuviésemos abiertos a entender, a escuchar y a ver, a descubrir vidas, sentimientos y emociones nuevas, sin miedo a mirar, dejándonos sorprender por otros mundos ajenos. No hace falta viajar para conocer algo nuevo, tan sólo hay que sentir y estar alerta, deseoso de aprender, de quitarse la máscara de la comodidad en la que vivimos, dejar de lado por un instante nuestro mundo, nuestro día a día, para entrar a investigar aquello que consideramos raro o extraño, incluso curioso... nuestro mundo seguirá ahí cuando volvamos, quizá más rico y fuerte que antes de dejarlo por un momento.
Sé que no lo conseguiré del todo, que seguiré tapando mis ojos ante aquello que no entiendo, pero quiero y deseo luchar cada día de mi vida por quitarme mis vendas, culturales, personales y adquiridas, todas ellas. Sí, todas, todas, todas, me contradigo, pero ¿qué puedo hacer? No quiero ninguna de esas vendas, quizá los ideales morales sí puedan acercarse a los extremos en ocasiones puntuales... o quizá me engaño a mi mismo y acabo de decir una barbaridad que invalida lo expresado anteriormente.
Éstas son mis palabras desterradas, las que intento sacar de mi mundo, pero soy consciente de que cada uno de nostros tendrá otras palabras desterradas. Ni siquiera tienen por qué ser palabras, pueden ser bloques de palabras, frases o temas de conversación. Habrá quien tema el compromiso, la muerte, el dolor, la tristeza, habrá quien desee obviar todo aquello relacionado con el sexo, o quien sufra con las verdades o con las mentiras, habrá quien necesite alejar el miedo.
No creo que se pueda solucionar gran cosa por medio de lo que decimos o escribimos, soy consciente de que no voy a cambiar el sentimiento que ha generado la enunciación, pero si me escucho sabré lo que digo y de qué pie cojeo, por dónde puedo aprender y mejorar, igual que puedo aprender de otros cuando les leo o les oigo hablar. En este punto entraríamos en otro interesante debate, sobre la fuerza del receptor, sobre la importancia relativa de lo que decimos, cuando aquel que nos escucha sólo puede oír aquello que está preparado para entender, pero esa quizá sea otra historia.

martes, 22 de enero de 2008

Guión del curso de verano

Bueno, sé que es tarde para ponerlo aquí, pero lo he recordado esta mañana y he pensado que era una buena forma de recordaros que estoy un poco mal de la cabeza a los que aún visitáis esto de vez en vez o de cuando en cuando. Es un texto muy largo, pero se lee muy rápido.


Carlos, un hombre de unos 20 años, vestido todo de negro con una gorra también negra y unas gafas oscuras, con el único toque claro de unas llamativas zapatillas Nike blancas de último modelo, se encuentra en la terminal 4 del aeropuerto de Barajas, está nervioso y se mueve mucho, mira a todos lados de forma sospechosa. Juan, vestido igual que él, llega andando deprisa a su lado, sus zapatillas, en cambio, son oscuras.

JUAN

Oye, Carlos.

CARLOS

¡Águila roja, JUAN, llámame águila roja!

JUAN

Perdona, águila roja. El caso es que...

CARLOS

Preséntate como es debido, coño, que nos jugamos mucho.

JUAN

Colibrí naranja se presenta.

CARLOS

Eso es, JUAN, parece que empezamos a entendernos.

JUAN

Pasar pistolas imposible.

CARLOS
¡No jodas, colibrí naranja! Todo el plan se nos va al garete.

JUAN
La pasma está por todos lados, y nuestros escudos de bronce no parecen hacer efecto.

CARLOS

¿Y eso cómo lo sabes?

JUAN

Porque cuando he intentado pasar, esa máquina a empezado a pitar como una loca.

CARLOS

¿Qué dices, colibrí... naranja? ¿Y qué has hecho?

JUAN

Correr, ¿Qué iba a hacer, águila roja? Pero creo que los he despistado.

CARLOS

(mirando sospechosamente a todos lados)

Tenemos un problema, repito, tenemos un problema.

JUAN

¿Qué vamos a hacer? ¿Qué vamos a hacer? Nunca debimos aceptar esta misión especial, águila roja.

CARLOS

¡Calla! No me dejas pensar. Ya deben de estar buscándonos

(da una vuelta muy torpe sobre si mismo)

Dispersión, JUAN, dispersión. Tenemos que deshacernos de las pistolas.

JUAN

¿Y qué hacemos con ellas?

CARLOS

¡Somos profesionales, tío! Yo que sé... a mí no me metas en tus líos.

CARLOS se separa de JUAN y se aleja deprisa, en su camino ve a unos policías y caminando, mirando hacia otro lado, echándoles una mirada furtiva, logra sentarse junto a un joven de 19 años, JESÚS, un chico bajito, de 1.69 m. pero extraordinariamente guapo, con un pañuelo blanco atado a la cabeza de forma sexy.

CARLOS

¡Oye, tú!

JESÚS pensando que no le hablan a él, no responde.

CARLOS
¡Oye, muchacho!

JESÚS le mira y le evalúa con la mirada como si no estuviese a su altura.

JESÚS

¿Querías algo?

CARLOS
Tú... tú no vas armado, ¿verdad?

JESÜS
¿A ti te parece que me haga falta?

CARLOS

(admirando sorprendido su increíble musculatura)

Ya veo que no... pero... yo que sé... hoy en día hay que ir protegido para todo. ¿Qué pasa si vienen unos tíos a robarte la cartera?

JESÚS

No creo que vinieran a por mí.

CARLOS

¿Y si lo hicieran?

JESÚS

Soy un tipo pacífico... les daría lo que tengo, que no es demasiado.

CARLOS

¿En serio?

JESÚS

Sí, tío, yo creo en la paz.

(se golpea el pecho con el puño derecho)

CARLOS

Ya... entonces las pistolas no te gustan, ¿o qué?

JESÚS

Depende.

CARLOS

¿De que depende?

JESÚS

El tamaño importa.

CARLOS
Ya... ¿y ésta te gusta?

(saca una pistola del bolsillo, es pequeña)

JESÚS

¿Es de verdad?

CARLOS

Sí, coño... ¿quieres tocarla?

JESÚS

¿Que si quiero tocarla?

CARLOS

Que si quieres tocarla.

JESÚS

Vale, vale, como quieras.

(acerca la mano al bolsillo de su pantalón negro)

CARLOS
Ten cuidado, que es muy sensible.

JESÚS

Sí, tiene un buen tacto.

Un hombre sentado justo detrás de ellos se levanta de su asiento, lleva a un niño pequeño cogido de su mano, está llorando.

HOMBRE 1

¡Sois unos degenerados!

CARLOS

¡No es lo que parece!

HOMBRES 1

Claro que lo es. ¡En un aeropuerto...!

CARLOS se pone nervioso mientras el hombre se aleja arrastrando al niño.

CARLOS

¿Qué, te la quedas?

JESÚS

No... no creo. Ya te he dicho que soy pacífico y no nos gustan las pistolitas.

CARLOS
Tío, tío, tío, tío... ¿la paz? Tú sacas un arma y tienes paz... por eso llevo una. Si pegas un par de tiros y montas un poco de bulla, todo el mundo te respeta y tienes tu paz. ¿Sabes? Tú necesitas paz y aquí no hay paz, no hay nada de paz, ¿no lo ves?

JESÚS

¿Crees que no hay paz?

CARLOS

No, tío, nada de paz... la gente pasa de la gente, ¿no lo ves? Eso no es paz, joder. Mi colega el colibrí naranja y yo íbamos a imponer algo de paz ahora mismo pero tú lo necesitas más que yo.

JESÚS

Yo sólo quiero paz, amigo.

CARLOS

Eres un visionario. Un visionario. Mira, te la regalo. Es tuya.

JESÚS

¿No la quieres?

CARLOS

Que va, ya no, ya no.

JESÚS

Mi amigo el tucán desplumado estará encantado de saberlo. Mira, ahí viene.

Un chico de 20 años, también muy guapo, pero no tanto como JESÚS, ataviado como él con un pañuelo en la cabeza, se acerca a ellos. JESÚS coge la pistola de CARLOS con decisión y se la enseña al tucán desplumado.

JESÚS

Mira el juguetito que nos ha regalado este hombre.

TUCÁN DESPLUMADO

Todo vale por la paz, oso amoroso.

CARLOS se levanta acojonado y se va del lugar, mirando sospechosamente en todas direcciones.

El TUCÁN DESPLUMADO y JESÚS (alias OSO AMOROSO) se levantan de sus asientos con una pistolita y tres revólveres, dando tiros al aire.

JESÚS

¡Haya paz! ¡Haya paz! ¡Todos al suelo!

jueves, 27 de diciembre de 2007

Autorretrato

Lluvia seca sobre mi alma
calando mi corazón
de la soledad que desarma,
de la que cae hacia dentro
y evita el chillido de la alarma.
Por fuera: apatía, cansancio,
ira y, sobre todo, desgana.
Se ha alejado la princesa
que un día besó a esta rana
y la transformó en principe,
la amó y la hizo sentirse en casa;
ahora vuelve al estanque,
a croar sola en una rama,
a cantar por la princesita
que la hizo sentirse humana.
Triste historia ésta
de la pobre rana,
que soñó con ser principe
y ya no puede soñar con nada.

Escribo, luego existo

Estoy frente al papel,
bolígrafo en mano,
escribo, luego existo.
Mi vida, muchas historias,
cosas que contar...
y sentir,
y el enorme deseo de expresarlo todo,
de exteriorizarlo.
Existo... luego escribo.
Muchas páginas,
mucha gente,
verdades absolutas
y verdades retocadas,
un amor, una imagen
y más de mil palabras.
Recuerdos buenos
y algunos muy malos.
Un pasado,
letra desgarrada
y varios tachones,
cosas que borrar
y memorias imborrables.
Las mejores páginas de mi vida,
mi amor, mi niña,
las mejores,
aún están en blanco,
o lo estarían...
si tan sólo volvieras a mi lado.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Supongamos...

Supongamos que la vida es un juego.
Supongamos que sólo somos jugadores.
Supongamos que podemos ganar...
que podemos perder.
Supongamos que sólo importan los resultados,
que no importa lo que hagas, sino lo que consigas.
Supongamos que triunfa el más fuerte.
Supongamos que hay unas reglas de las que no nos podemos salir.
Supongamos que un beso bajo la lluvia es sólo la amenaza de un constipado.
Supongamos que todo es una competición... el trabajo, la amistad, cada hobbie, el amor...
Entonces... si la vida es un juego...
¿Dónde queda la luna llena?