Hay quien dice que nuestros actos nos definen... y como
mucho, nuestras palabras. ¿Qué pasa con todo aquello que no decimos ni hacemos?
Las palabras dichas y no escuchadas, las ideas y los pensamientos nunca
expresados, las fotografías eliminadas, los recuerdos olvidados, todo aquello
que se pierde y no se comparte con nadie más, ¿queda escondido en algún lugar
de la memoria? ¿O pasa para siempre, como si nunca hubiese existido?
¿Adónde van las fotografías eliminadas? ¿Hay un cielo para
ellas? ¿Un infierno? Me temo que viven en un eterno purgatorio del que no
pueden salir. Esas fotos se hicieron y se observaron, pero desaparecieron de
este mundo por sus supuestos errores. La fealdad, o la vanidad que la acompaña,
el exceso de información, las actitudes consideradas poco apropiadas, los
fallos en el encuadre o la luz, el dedo del fotógrafo que inconscientemente
tapa media imagen... todo ello ocasionado por el orgullo o la presunción de ser
mirado por otros, por el juicio propio previo al juicio ajeno. Borramos y
eliminamos, callamos, esperamos el turno de palabra y olvidamos, dejamos pasar
aquello que no consideramos necesario decir, o aquello que no consideramos
atractivo para el oído del otro. Casi siempre borramos y omitimos por el otro,
aunque nos desagrade a nosotros.
Muchas veces es lógico y comprensible, consiste en ahorrar a
los demás unas sensaciones y un tiempo que no queremos que pierdan, o que
utilicen en nosotros. Pero, por otro lado, están el orgullo y el ego, la imagen
que queremos mostrar y no se debe corromper por una fotografía indecorosa, una
teta que se ve más de la cuenta, una pierna que llega demasiado arriba, un
pantalón que llega demasiado abajo, un escorzo innecesario que resulta soez o
feo… la fealdad. No queremos que se nos vea el moco colgando, el pelo mal
peinado, un ojo más cerrado que otro o los efectos del alcohol. No soportamos
nuestra propia fealdad, cuando pueden verla los demás.
Quizá borramos aquello de lo que nos avergonzamos, aunque no
se pueda descubrir por la imagen. Tal vez sea una situación que deseamos que no
se pase por la memoria de los demás, un momento en que se dijo o se hizo algo
que nos hace sentir culpables. Pero, en ese caso, es aún más improbable que la
fotografía borrada acabe con el recuerdo. Los demás podrán olvidar aquello que
nos incomoda, o no darse cuenta de ello, pero nosotros ya estaremos a su
merced, porque les permitimos adentrarse en nuestros errores y jamás podremos
estar seguros de si lo hicieron o no. Ellos sabrán que nos hemos equivocado y
que podemos volver a hacerlo.
Y lo mismo que ocurre con las fotografías, pasa con las
palabras. A veces callamos para no resultar aburridos o repetitivos o para no
llamar la atención de manera excesiva sobre nosotros. Quizá no interesamos
tanto a los demás. Debemos hacer una selección sobre aquello que compartimos,
lo que queremos que vean de nosotros, o aún mejor, lo que nosotros sabemos o
tenemos que pueda aportar algo a nuestro interlocutor. Pero si siempre
hablásemos cuando nuestras palabras tuviesen un valor práctico para aquellas
personas a quienes les otorgamos ese saber ya no sólo nuestro, viviríamos en
una incómoda esclavitud. Necesitamos la libertad de sentirnos cómodos y soltar
aquello que primero nos venga por la cabeza, y luego decidir a posteriori si
era apropiado. Esa es la belleza de la confianza.
Sin embargo, hay momentos en los que las palabras vuelan en
el aire sin ser escuchadas. A unos nos pasa más que a otros. Hay gente que
nació para ser escuchada, personas a quienes dan ganas de oír hablar según
abren la boca, por lo bien que hablan, o por aquello que nos evocan sus
palabras. Pero otros tenemos que saber que hablaremos sin que haya
comunicación, perdiendo nuestras palabras en el ruido, o al ser interrumpidas
por las de otros con mayor poder de atracción. Quizá el problema radique en la
autoestima o en la confianza con la que se pronuncian las palabras. Si se dice
algo sin énfasis ni ilusión, es difícil que se escuche con grandes emociones, y
sin emoción no suele haber comunicación.
Muchas otras veces esperaremos a ser interpelados, o a un
silencio oportuno, para intervenir, pero ese momento nunca llega y nuestras
palabras mueren en nuestro pensamiento, se ahogan en otros temas de
conversación y pierden vigencia. Es una información que creemos útil para los
demás, pero que se perderá para siempre, que ellos nunca sabrán, pero nosotros
sí.
¿Adónde van estas palabras? ¿Adónde se las lleva el viento?
¿Adónde se las lleva el tiempo? Quizá caigan, lentamente, como plumas, como las
hojas del otoño sobre nuestra conciencia, sobre nuestra memoria de lo que no
hemos vivido.
Quizá guardemos rencor a quien no escuchó y debió hacerlo,
quizá consideremos irrelevante para nosotros lo que sentimos que fue irrelevante
para otros. Pero tal vez ellos sí quisieron oír lo que no dijimos. Tan sólo no
les dimos opción a escuchar nuestras teorías y nuestros chistes malos, nuestras
reflexiones… nos les enseñamos nuestras malas fotos, nuestras peores caras,
nuestros mocos colgando, nuestros ojos entrecerrados ni los momentos de los que
nos avergonzamos. ¿Acaso nos pueden juzgar sin todo eso? ¿Acaso nos conocen?
Quizá si supieran esa faceta de nosotros, tendríamos menos miedo en
mostrársela. Quizá si viéramos sus escotes excesivos, sus ojeras y sus fotos
con dedo, sabríamos que cometen nuestros mismos errores y viven a través de
ellos.
No se trata de destacar lo malo, ni mostrarlo a cualquiera
por encima de todo… no, no se trata de eso. Tan sólo se trata de no
discriminarlo ni tenerle miedo, dejarlo fluir. Una foto perfecta se le puede
sacar a la persona más fea y con menos estilo, una foto imperfecta tan sólo a
quien se atreve a enseñarla junto a las demás, a quien se muestra tal como se
siente, no tal como desea ser visto.
Supongo que es una frase hecha de toda la vida, pero lo
perfecto sólo existe de una forma, lo imperfecto puede surgir de muchas formas
distintas y por muchos motivos. Dejémoslos salir y descubramos quiénes somos.
Veamos nuestras fotos eliminadas y disfrutemos de sus errores, de sus taras,
escuchemos lo que no dijimos y adentrémonos en las respuestas que nunca
obtuvimos, recordemos con orgullo las meteduras de pata y nuestras terribles
formas de salir de ellas, sudor en la frente, risa incómoda y mirada perdida y
riamos fuerte por ello. Gocemos de nuestros fallos, de nuestros peores puntos
de vista, porque nos hacen reales, tridimensionales y bellos. Tan sólo así
podremos alcanzar la tranquilidad y el equilibrio, cuando aceptemos lo que sale
mal, y lo que nunca ha salido.
Creo que es la mejor opción, porque, de todos modos, no
podremos deshacernos de aquello que nos incomoda, aunque nadie lo haya visto ni
oído, aunque tan sólo haya pasado por nuestra mente unos instantes. Forma parte
de nuestra vida y afecta a nuestro comportamiento y a nuestra autoestima. Las
ideas y los pensamientos no pueden ser borrados una vez han pasado por nuestras
cabezas, salvo enfermedad, sino que conducen a otras ideas, a otras formas de
ver y entender.
Así que, si alguien, en un futuro, hace un balance de
nuestra vida y se pregunta por qué hicimos tal cosa o dejamos de hacerla,
encontrarán vacíos imposibles de explicar por nuestros actos y nuestras
palabras, pero que podrían muy bien ser rellenados si conociesen todo aquello
que borramos, eliminamos y callamos. Nuestros secretos más inconfesables, nuestros
miedos, nuestros peores momentos y nuestra vergüenza forman parte de nosotros. Nos toca enfrentarnos a ellos cara a cara y afrontarlos de la mejor manera
posible. Ánimo.
