domingo, 21 de julio de 2013

¿Adónde van?


Hay quien dice que nuestros actos nos definen... y como mucho, nuestras palabras. ¿Qué pasa con todo aquello que no decimos ni hacemos? Las palabras dichas y no escuchadas, las ideas y los pensamientos nunca expresados, las fotografías eliminadas, los recuerdos olvidados, todo aquello que se pierde y no se comparte con nadie más, ¿queda escondido en algún lugar de la memoria? ¿O pasa para siempre, como si nunca hubiese existido?

¿Adónde van las fotografías eliminadas? ¿Hay un cielo para ellas? ¿Un infierno? Me temo que viven en un eterno purgatorio del que no pueden salir. Esas fotos se hicieron y se observaron, pero desaparecieron de este mundo por sus supuestos errores. La fealdad, o la vanidad que la acompaña, el exceso de información, las actitudes consideradas poco apropiadas, los fallos en el encuadre o la luz, el dedo del fotógrafo que inconscientemente tapa media imagen... todo ello ocasionado por el orgullo o la presunción de ser mirado por otros, por el juicio propio previo al juicio ajeno. Borramos y eliminamos, callamos, esperamos el turno de palabra y olvidamos, dejamos pasar aquello que no consideramos necesario decir, o aquello que no consideramos atractivo para el oído del otro. Casi siempre borramos y omitimos por el otro, aunque nos desagrade a nosotros.

Muchas veces es lógico y comprensible, consiste en ahorrar a los demás unas sensaciones y un tiempo que no queremos que pierdan, o que utilicen en nosotros. Pero, por otro lado, están el orgullo y el ego, la imagen que queremos mostrar y no se debe corromper por una fotografía indecorosa, una teta que se ve más de la cuenta, una pierna que llega demasiado arriba, un pantalón que llega demasiado abajo, un escorzo innecesario que resulta soez o feo… la fealdad. No queremos que se nos vea el moco colgando, el pelo mal peinado, un ojo más cerrado que otro o los efectos del alcohol. No soportamos nuestra propia fealdad, cuando pueden verla los demás.

Quizá borramos aquello de lo que nos avergonzamos, aunque no se pueda descubrir por la imagen. Tal vez sea una situación que deseamos que no se pase por la memoria de los demás, un momento en que se dijo o se hizo algo que nos hace sentir culpables. Pero, en ese caso, es aún más improbable que la fotografía borrada acabe con el recuerdo. Los demás podrán olvidar aquello que nos incomoda, o no darse cuenta de ello, pero nosotros ya estaremos a su merced, porque les permitimos adentrarse en nuestros errores y jamás podremos estar seguros de si lo hicieron o no. Ellos sabrán que nos hemos equivocado y que podemos volver a hacerlo.

Y lo mismo que ocurre con las fotografías, pasa con las palabras. A veces callamos para no resultar aburridos o repetitivos o para no llamar la atención de manera excesiva sobre nosotros. Quizá no interesamos tanto a los demás. Debemos hacer una selección sobre aquello que compartimos, lo que queremos que vean de nosotros, o aún mejor, lo que nosotros sabemos o tenemos que pueda aportar algo a nuestro interlocutor. Pero si siempre hablásemos cuando nuestras palabras tuviesen un valor práctico para aquellas personas a quienes les otorgamos ese saber ya no sólo nuestro, viviríamos en una incómoda esclavitud. Necesitamos la libertad de sentirnos cómodos y soltar aquello que primero nos venga por la cabeza, y luego decidir a posteriori si era apropiado. Esa es la belleza de la confianza.

Sin embargo, hay momentos en los que las palabras vuelan en el aire sin ser escuchadas. A unos nos pasa más que a otros. Hay gente que nació para ser escuchada, personas a quienes dan ganas de oír hablar según abren la boca, por lo bien que hablan, o por aquello que nos evocan sus palabras. Pero otros tenemos que saber que hablaremos sin que haya comunicación, perdiendo nuestras palabras en el ruido, o al ser interrumpidas por las de otros con mayor poder de atracción. Quizá el problema radique en la autoestima o en la confianza con la que se pronuncian las palabras. Si se dice algo sin énfasis ni ilusión, es difícil que se escuche con grandes emociones, y sin emoción no suele haber comunicación.

Muchas otras veces esperaremos a ser interpelados, o a un silencio oportuno, para intervenir, pero ese momento nunca llega y nuestras palabras mueren en nuestro pensamiento, se ahogan en otros temas de conversación y pierden vigencia. Es una información que creemos útil para los demás, pero que se perderá para siempre, que ellos nunca sabrán, pero nosotros sí.

¿Adónde van estas palabras? ¿Adónde se las lleva el viento? ¿Adónde se las lleva el tiempo? Quizá caigan, lentamente, como plumas, como las hojas del otoño sobre nuestra conciencia, sobre nuestra memoria de lo que no hemos vivido.

Quizá guardemos rencor a quien no escuchó y debió hacerlo, quizá consideremos irrelevante para nosotros lo que sentimos que fue irrelevante para otros. Pero tal vez ellos sí quisieron oír lo que no dijimos. Tan sólo no les dimos opción a escuchar nuestras teorías y nuestros chistes malos, nuestras reflexiones… nos les enseñamos nuestras malas fotos, nuestras peores caras, nuestros mocos colgando, nuestros ojos entrecerrados ni los momentos de los que nos avergonzamos. ¿Acaso nos pueden juzgar sin todo eso? ¿Acaso nos conocen? Quizá si supieran esa faceta de nosotros, tendríamos menos miedo en mostrársela. Quizá si viéramos sus escotes excesivos, sus ojeras y sus fotos con dedo, sabríamos que cometen nuestros mismos errores y viven a través de ellos.

No se trata de destacar lo malo, ni mostrarlo a cualquiera por encima de todo… no, no se trata de eso. Tan sólo se trata de no discriminarlo ni tenerle miedo, dejarlo fluir. Una foto perfecta se le puede sacar a la persona más fea y con menos estilo, una foto imperfecta tan sólo a quien se atreve a enseñarla junto a las demás, a quien se muestra tal como se siente, no tal como desea ser visto.

Supongo que es una frase hecha de toda la vida, pero lo perfecto sólo existe de una forma, lo imperfecto puede surgir de muchas formas distintas y por muchos motivos. Dejémoslos salir y descubramos quiénes somos. Veamos nuestras fotos eliminadas y disfrutemos de sus errores, de sus taras, escuchemos lo que no dijimos y adentrémonos en las respuestas que nunca obtuvimos, recordemos con orgullo las meteduras de pata y nuestras terribles formas de salir de ellas, sudor en la frente, risa incómoda y mirada perdida y riamos fuerte por ello. Gocemos de nuestros fallos, de nuestros peores puntos de vista, porque nos hacen reales, tridimensionales y bellos. Tan sólo así podremos alcanzar la tranquilidad y el equilibrio, cuando aceptemos lo que sale mal, y lo que nunca ha salido.

Creo que es la mejor opción, porque, de todos modos, no podremos deshacernos de aquello que nos incomoda, aunque nadie lo haya visto ni oído, aunque tan sólo haya pasado por nuestra mente unos instantes. Forma parte de nuestra vida y afecta a nuestro comportamiento y a nuestra autoestima. Las ideas y los pensamientos no pueden ser borrados una vez han pasado por nuestras cabezas, salvo enfermedad, sino que conducen a otras ideas, a otras formas de ver y entender.

Así que, si alguien, en un futuro, hace un balance de nuestra vida y se pregunta por qué hicimos tal cosa o dejamos de hacerla, encontrarán vacíos imposibles de explicar por nuestros actos y nuestras palabras, pero que podrían muy bien ser rellenados si conociesen todo aquello que borramos, eliminamos y callamos. Nuestros secretos más inconfesables, nuestros miedos, nuestros peores momentos y nuestra vergüenza forman parte de nosotros. Nos toca enfrentarnos a ellos cara a cara y afrontarlos de la mejor manera posible. Ánimo.

 

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